Tron apareció un buen día en Güevejar, un pueblo aledaño a Granada. Le costó a Jose una bolsa entera de huesitos-galleta del mercadona sólo poder acercarse a él, sin conseguir tocarle por supuesto...la vida de un vagabundo pasa por la desconfianza incluso con el aliciente de tan ricos manjares.
Al final venciendo sus miedos, se unió a la manada de ése desconocido, que no debió de parecerle tan mala persona si tenía a su cuidado tantos compañeros caninos y un buen día, junto a sus nuevos amigos, bajó a visitar el jardín que se esconde detrás del Monasterio de Cartuja, en la ciudad de Boabdil.
Allí encontró un ancho mundo por el que vagabundear, contenedores rebosantes de basura y estudiantes cansados de bocadillos y palmeras de chocolate que no siempre usan las papeleras del campus para su cometido oficial. El edén que cualquier perro vagabundo, sin grandes ataduras con humanos y pocas ganas de ser domesticado, podría desear.
No regresó a la furgoneta con la manada.
Había encontrado un filón y podía mantenerse por él mismo sin los cuidados del humano, por muy melosa que éste pusiera la voz para atraerle de nuevo a su lado. Sin pensarlo dos veces desapareció sin echar la vista atrás y oficializó su nueva residencia en el Campus Universitario sin muchas dificultades aparentes.
Allí lo encontré yo una mañana, apareció de la nada, como un espíritu coyote. Su cara de lápiz y aspecto con el que podría encarnar papel de cánido protagonista en cualquier libro de Saramago me cautivó, como lo hace con cualquiera que conoce. Tras presentarse a mis perros y saludarme con prudencia, desapareció de nuevo, dejando marca en mi retina y en mi conciencia. Ésa mirada y el conjunto de su aspecto le puede hasta al de corazón más duro e insensible.Jose me contó quien era, como había llegado allí y lo difícil que fue para él marcharse sin poder recuperarlo.
Una noche de éste frío Diciembre de 2010, volvió a aparecer de la nada y ésta vez, no se porqué razón me siguió como Romeo, hasta el portal de mi casa. No se la voz dulce que me escuchaba o quizá la apetitosa rodaja de mortadela le dieron fuerzas para confiar en un humano de nuevo. Ésa noche durmió caliente en un cojín con todas las comodidades que pude proporcionarle. Le coloqué un collar viejo que rodaba por mi casa, que aún le daba más aspecto de truhán et voilà...era el 12 de Diciembre. Ésa misma noche colgué fotos en mi facebook contando su historia y pidiendo ayuda para él.
A la mañana siguiente me dijo adiós a la francesa y pensé que nuestro amor había acabado, no le volví a ver...
Al día siguiente, aún pensaba en él cuando bajé a por el pan al Colmado, estaba al sol en la placeta de la Cruz...alegre vino a saludarme y los vecinos, conocidos dueños de perros me asaltaron al ver que nos conocíamos, preguntándome si era uno de mis perros, regañándome por mi dejadez, les conté la historia y ellos a su vez me contaron que había pasado la noche en la placeta, las vecinas de la esquina intentaron acogerle en casa, pero fiel a su espíritu solitario, las había esquivado.
Concluí que se había bajado allí buscando los escasos rayos de sol del invierno, haciendo tiempo para volver a verme por la calle (orgullosa, pensé).
Su historia sigue...

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